«Nada hay absoluto, todo cambia, todo se mueve, todo revoluciona, todo vuela y va»
Frida Kahlo
Íbanos a ir Coyoacán, para visitar la Casa Azul de Frida Kahlo. Así lo habíamos decidido mucho antes de llegar a la ciudad de México. El tiempo caminaba hacia atrás, como un cangrejo. Los días se convertían en noche antes que en España, parecían mucho más largos y el tiempo un chicle a través del cual las horas se deslizaban muy lento, sin exigencias o respuestas imprescindibles. El motivo del viaje parecía haber culminado en su primera fase: la presentación de la novela de mi amiga Mayte: «Nocturno en Hokkaido». Era mi primera vez en México y ella deseaba enseñarme su ciudad natal. Nuestros planes estaban trazados con cierta irregularidad, pero confiábamos en ellos. El día anterior habíamos flotado a través de la noche después del éxito de la presentación, envueltas en nebulosas, edificios corriendo a través del cristal del coche de Andrés, uno de los hermanos de Mayte. «¿Can the dark side ligt my way?» Los Strokes eran fondo musical de un escenario en movimiento. Mientras Mayte y Andrés hablaban en los asientos delanteros yo acariciaba el cristal detrás y movía los labios en un vano intento por recordar frases sueltas del tema. Mi mente alejada de la otra parte del hemisferio norte se dejaba llevar. La ilusión escondida aparecía en la oscuridad de aquellas calles, a penas iluminadas, habitadas por sirenas que hacían señas a los coches o hablaban entre ellas, intactas a los vaivenes, sin perder la sonrisa. ¿Cómo no hacerlo cuando nadie es quien dice ser? Las imágenes de aquellos seres irreales se esfumaron al girar hacia Atlixco y la noche nos devolvió a nuestra casa provisional en colonia Condesa. Aparcamos el coche en la calle vacía, silenciosa, subimos ansiosos las escaleras del portal. Nos separaban cristales opacos y endebles, envueltos en decoración retro, sillas Acapulco, discos vacíos y un tocadiscos mudo. Pero había algo más: una masa densa flotando alrededor. Casi se podía acariciar. No era desagradable, sino como el arrullo misterioso de un pájaro en la oscuridad. Aún no sabía nada de eso. En realidad, no sabía nada. Lo se ahora. Cerramos las puertas, la de fuera, las de nuestras habitaciones. Nos cerramos al mundo para dormir hasta que la alarma de un coche comenzó a gritar ¿Sería el de Andrés? Creí escuchar pasos precipitados en las escaleras. Parecía un sueño, un sueño, un sueño… A las tres de la madrugada me desperté. El futuro ya se había producido en otro lugar ocho horas adelante. Todo parecía un sueño, un sueño, un sueño… A la mañana siguiente Mayte y yo comentamos el día anterior con café, fruta de colores, pan con aguacate. El plan seguía en pie: iríamos a Villa Coyoacán a ver la Casa Azul de Frida. Andrés a penas había dormido por la sirena insistemte del coche que resultó no ser el suyo. Aquel piso que nosotras ya considerábamos un poco casa, era demasiado ruidoso. Álvaro otro de los hermanos de Mayte y su prima Adelita nos llamaron para unirse al plan del día. Cambiamos las entradas de la Casa Azul para unas horas más tarde. Acordamos reunirnos en Coyoacán, primero veríamos un museo de arte popular, comeríamos una fatiguita y después, por fin, visitaríamos la casa de Frida. Andrés, Mayte y yo miramos el reloj, estábamos a mas de media hora de distancia en coche. No había tiempo que perder. Tampoco sabía nada del tiempo entonces. Los Strokes volvieron a sonar. El día nos abrazó con fuerza junto al cielo azul y el sol omnipresente. Dejamos pasar los edificios de colonia Roma elegantes, desgastados. Descubrí una reproducción de la fuente de la Cibeles en la plaza de la villa Madrid, rodeada de árboles, como un espejismo, otra réplica del David de Miguel Ángel en la plaza Río de Janeiro… Dijimos adiós a Roma y nos adentramos en el centro, en las calles estrechas, entre tiendas ambulantes y talleres de coches para volver al bullicio. Parecía estar ante una función de teatro, con cambios apresurados de escenario.
—¡Aquí esta el museo!
Nada podía fallar. Entregamos el coche en un parking amarillo después de declinar la oferta de lavado y puesta a punto. Desde ahí nos dirigimos al museo de arte popular. Adelita y Álvaro aún no había llegado. Esperamos un poco, visitamos la tienda de arte y decidimos comprar nuestros boletos para empezar la visita sin ellos. En México el color es fundamental, todo es de colores: la comida, los edificios, las flores, la ropa… Envueltos en ese color, en las explicaciones que Andrés y Mayte me daban sobre cada tradición, sentí, ahora lo se, felicidad. Mayte llamó a su prima Adelita para ver cómo iba la cosa.
—Estamos en la planta segunda, sala cuatro —le indicó.
Pero Adelita no conseguía encontrarnos. Andrés y yo seguimos el recorrido, éramos como niños observando todo por primera vez. Encontramos a Mayte en el descansillo. Levantó la cabeza para mirarnos desanimada.
—¿Qué pasa? —preguntamos con la sonrisa aún en la boca.
—Nos hemos equivocado de museo. Era el museo de culturas populares, no el de arte popular. Estamos en el centro. ¿Cómo es posible que no nos diésemos cuenta, Andrés? ¡Coyoacán está a mas de media hora de aquí!
—Ya sabes que vengo poco a la ciudad, Mayte —contestó encogiendose de hombros.
Yo los miré divertida. A estas alturas era bastante improbable que llegásemos a la hora convenida. ¡Adiós a nuestros tacos pastor! Recuperamos el coche intacto y volvimos a la carretera. En ciudad de México el tráfico es un personaje más. Conducir por la ciudad es una carrera frenética entre carriles desdibujados y estrechos. Allá no se utilizan los intermitentes, se saca la manita por la ventanilla para indicar la incorporación y con suerte pasas. Pero todo sucede de una forma muy casual, a penas te das cuenta, salvo porque Mayte le pedía a su hermano cada poco que, por favor tuviese cuidado, que estuviese atento al autobús que se nos echaba encima, mientras veíamos pasar taquerías ante nuestros ojos, como una maldición, con el hambre apretando y riendo a la vez, porque aquello si que empezaba a ser una aventura. Las indicaciones del navegador eran confusas. Unas veces íbamos en una dirección, otras, nos veíamos obligados a dar la vuelta… El tiempo seguía caminando hacia atrás para nosotros.
—¿Cuánto falta para llegar? —preguntaba cada poco.
Mayte decía casi siempre lo mismo — Veinte minutos, veinticinco, veinte… ¡Oh, no, aquí hay una retención! Pero si giramos a la derecha conseguiremos ahorrar cinco minutos. ¡A la derecha, Andrés! ¡Cuidado! Eso es… ¡Diez minutos! ¡Diez minutos!
De repente, el tiempo pegó un salto y llegamos a Coyoacán.
—¡La Casa Azul! ¡Lo hemos conseguido!
—Ay no…. —suspiró Mayte decepcionada.—Esta no es la casa Azul de Frida… Es otra.
—¿Hay mas de una Casa Azul?
—Al parecer…
—¿Está cerca?—insistía yo, con la esperanza de llegar a tiempo a casa azul de verdad.
—Faltan otros diez minutos…
Con el estómago vacío habíamos perdido el miedo, veíamos salida a casi todo. Por fin llegamos a la casa Frida Kahlo y Diego Rivera, a su inconfundible fachada azul y teja. Aparcamos enfrente. Mayte y yo fuimos a hacer cola y buscar sombra. Andrés compró coco en un puesto ambulante. Ver esa esfera verde y reluciente con una pajita clavada en el corazón, fue como un espejismo, un oasis en mitad del desierto.
—Bebe un poco, te vendrá bien —me ofreció Andrés.
El sabor se quedó pegado a mi boca como un imán. En la cola, Mayte seguía preocupada. No estaba segura de haber descargado los boletos. Adelita y Álvaro aparecieron al poco, con cara de aceptación. No se cuanto tiempo había transcurrido desde la hora fijada, pero no parecía importarles demasiado. De repente, Mayte me hizo una seña misteriosa con la mano.
—¿Qué pasa? —susurré al acercarme para escuchar.
—Es aún peor.
—¿El qué?
Mayte miró a un lado y a otro inquieta.
—Los boletos no son para este museo…
—¿Cómo? ¿Para cual entonces? —pregunté.
—Para otro museo de familia Kahlo…
—¿Cuántos museos hay de la Kahlo?
—Ay… Pues no se. Creo que está aquí cerquita. Pero no me atrevo a decírselo al resto.
—¿Qué sucede?
Adelita se había dado cuenta de que algo iba mal. Le contamos la situación. Álvaro miró a Mayte con cara de: no- puede- ser. Adelita nos explicó que ese nuevo museo estaba a dos cuadras. Puso en marcha el navegador de su móvil. Todos la seguimos sin dudar. Andrés me dio un trozo de coco para hacer frente al nuevo cambio. No podía parar de reír, presa de una insolación emocional. Me pareció que dábamos demasiadas vueltas para estar a dos cuadras. En esa zona de Coyoacán las calles se llaman: Londres, París, Berlín… Mayte se giró de repente para mirarme con lágrimas en los ojos. A penas podía hablar, ahogada por una carcajada.
—¡Estamos caminando con el navegador en modo coche!
—No hay problema, llegaremos igual —respondió Adelita con determinación.
—Come un poco más de coco. Te vendrá bien—me ofreció Andrés como si nada.
Nota importante: el coco con un poco de chile es una delicia. Aunque lo supe después, como casi todo en este viaje, porque las emociones se expanden mucho más tarde. Ahora lo se. Y sí, llegamos a la casa de la familia Kahlo donde Frida vivió junto a su padre fotógrafo, madre y hermanas. Conocimos un poco más de Frida y leímos frases de sus escritos bordadas en las cortinas: « ¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?» Nos hicimos fotos y se revelaron en el cuarto oscuro de esa casa llena de secretos desvelados. La famosa Casa Azul podía esperar. Después, volvimos al mágico Coyoacán, al cielo posado sobre las casas rojas, amarillas y rosas, a las bodegas con mezcal y mariachis, a los danzantes callejeros y limpias, a las paletas de helados con nombre de luna. Dejamos que el tiempo se pusiese boca abajo, allá en la ciudad de México, en la antigua Tenochtitlan.
Autora: Patricia Bernardo.© 2026.
Foto: Coyoacán. Patricia Bernardo.
Un comentario
Precioso relato q refleja el espíritu del viaje, lo importante no es llegar sino disfrutar el recorrido y luego recordarlo. Cuando el viaje se recuerda se vive dos veces.