Las luces de Hokkaido

Todo viaje es un relato. Algunas veces narrado, otras soñado.

El mío comenzó una mañana contradictoria de mediados de noviembre. La estación de tren era un hervidero. Sentada frente a mi taza de café, intentaba concentrarme en «Nocturno en Hokkaido», la segunda novela de mi amiga y escritora Mayte Calderón Grobet, a cuya presentación asistiría al día siguiente en la «Casa de México» de Madrid y en la que leería algunos fragmentos.

En ese momento, uno de sus protagonistas, el pianista Yoshio, se enfrentaba al miedo, ante una vida que se partía entre dos mundos: el de su Hokkaido natal y Chiapas, donde junto a su hermano Haruki y una colonia de japoneses llevarían a cabo en 1897 la improbable tarea de plantar café en una tierra difícil y desconfiada. Podía imaginar las notas musicales del melancólico Yoshio, atrapadas en un sueño inquieto.

En mitad de mi ensimismamiento recibí un mensaje del hotel. Todo estaba listo. Tanta educación era enternecedora. Contesté agradecida y volví a «Nocturno en Hokkaido», a Chiapas, a las marimbas en la plaza del pueblo, a los nocturnos, preludios y allegros de cada capítulo. Apuré el último sorbo de café. Ante mí se dibujaba un horizonte con título y una hoja en blanco. Esa falta de anticipación era buena señal.

Tras un viaje sometida a las presiones espaciales del Ave y a la impuesta cercanía física con desconocidos, salí del anonimato y abandoné la lista de reproducción de Nick Lowe. Aún seguía siendo un duendecillo travieso y había convencido a unos amigos para ir a ver el primer concierto en España de su gira con los Straitjackets. En ese momento recibí otro agradable mensaje de mi recepcionista favorito con todas las contraseñas de acceso al hotel. Sonreí y pensé de nuevo en las viejas costumbres y el honor inquebrantable de aquella colonia de valientes japoneses. Quizá no estaba todo perdido.

En Madrid los comienzos se producen antes: el día, la noche, las luces de Navidad y hasta la lluvia si se empeña. Aquel día lo hizo con fuerza. Luces, lluvia, día y noche. El hotel resultó ser un enorme piso rehabilitado en el centro, con demasiados códigos de acceso y una zona común, en la que tropecé con la mirada interrogante de un tipo escondido tras su ordenador. La habitación no estaba mal. Sin embargo, mi optimismo y yo nos dimos de bruces con algo desalentador. Una de las luces del baño, la más importante de todas, no funcionaba. Pulsé todos los interruptores en una y otra dirección, pero el resultado fue el mismo: una luz marchita, carente de gracia, una triste sombra proyectada sobre el espejo. Escribí al recepcionista. La respuesta —casi podía intuir su perplejidad— fue un test rígido y carente de imaginación. Tras mis negativas ante las opciones planteadas, llegó el incómodo silencio. El antes servicial fantasma parecía bloqueado. Decidí dejarlo descansar. Tal vez si me ausentaba unas horas, recibiría la solución esperada o quizá, al volver al hotel, la luz brillaría resplandeciente, como la de un árbol de Navidad.

Mi amiga Mayte llegaría esa noche desde Estocolmo, donde residía desde hacía más de treinta años, y se reuniría con sus primas de México DF, amigos y por supuesto, las integrantes de «Cuatro poetas con Hemingway»: Karina desde Amsterdam, Anabel desde Pamplona y yo, desde Oviedo. Cada encuentro con Mayte era un collage muy cortazariano, artístico, interesante y cargado de humor, en el que todo y todos teníamos cabida.

Madrid se mantenía imperturbable ante la lluvia insistente. Yo no sería menos. Comí algo rápido y volví al hotel para descansar antes del concierto. Mientras tanto, escuché una entrevista a Nick Lowe. El presentador del programa de radio le preguntó por su nuevo tema: «Went to a party» Él se negó a admitir que fuese una historia real. Aunque no era tan inusual asistir a una fiesta y darte cuenta del paso del tiempo y la distancia existente entre tus amigos de toda la vida. Al rato me desperté de un sueño con mucha vegetación, copas de champagne y máscaras. Mi recepcionista fantasma seguía sin dar señales y la oscuridad de la tarde cubría la habitación. Debía darme prisa. Anabel y Raul esperaban.

La calle nos recibió con un festival de luces anunciadoras de la Navidad. El concierto sería en una antigua discoteca, escondida dentro de la estación de Chamartín. Encontrar la sala fue toda una hazaña, pero lo hicimos. Nos dejamos llevar por más luces en forma de bolas gigantes girando sobre el techo, sillones y barras dispuestas alrededor de la pista, por el escenario expectante y la mezcla de personas reunidas por Nick Lowe y los Straitjackets. Bailamos, bebimos, bailamos y acabamos en una coctelería del barrio de las Letras, sorprendidos ante la imposible unión japonesa y jerezana. Al volver al hotel, las luces de la habitación parecían aún más íntimas y la del baño, minúscula. Me armé de valor y volví a escribir a mi recepcionista. Aunque la gran mayoría de los expertos consideran la insistencia una mala estrategia en los casos de ghosting, tenía que intentarlo. Expliqué, con tono lacónico, muy cercano al chantaje emocional, la situación: al día siguiente acudiría a la presentación de la novela de mi amiga y yo sería la encargada de leer varios párrafos. Necesitaba luz. Sin ella, no podría maquillarme, ni colocar las lentillas, ni… Al otro lado, la respuesta no se hizo esperar: ¿En qué puedo ayudarte, Patricia? La cosa empezaba a mejorar. Leer mi nombre en un mensaje me producía la misma satisfacción que la de un ligue de Instagram deletreándolo durante semanas para reforzar su interés, aunque después desapareciese sin dar ninguna explicación. Pero ese era otro tema. En este caso, la respuesta siguiente fue la de un nuevo test con preguntas. Todas ellas igual de insulsas. Ninguna arreglaría el foco del baño. Así que decidí dejarlo hasta el día siguiente.

Y el día llegó, con algo de tregua para la lluvia y el consiguiente ajetreo de Madrid, el reencuentro con Mayte, abrazos, presentaciones, confesiones y los nervios por la presentación. Para Mayte no era su primera novela, pero sí la más importante. «Nocturno en Hokkaido» se había forjado durante años.

En ese tiempo fue cuando nos hicimos amigas cursando un máster de creación literaria. Ella vivía un año sabático y escribía desde México. Recuerdo sus relatos, su voz ronca y firme, muy mexicana, y su convicción por ser escritora. Algo que la trasladó años después a su «Nocturno en Hokkaido» y a Madrid. Volví a admirar la portada llena de color creada por su hija Marina, otra artista más de la familia. Todos estábamos ahí: sus editoras, familia, amistades y otras personas interesadas por la historia.

La trama se construyó a partir de un hecho histórico, el de una colonia de japoneses llegados a Chiapas en el siglo diecinueve para cultivar café y la ficción de los hermanos Yoshio y Haruki Yamamoto que dejaron atrás sus ilusiones para cumplir el sueño de su padre Hattori. Todo ello constitutía una utopía, la de abrir barreras, ampliar horizontes, darle la vuelta a las colonizaciones impuestas, crear, construir. Era una metáfora sobre la vida y la identidad. Y en mitad de todo ese mar de ilusiones, nacía el amor, al ritmo de la música. Leí con pasión los párrafos escogidos, la misma con la con la que Mayte nos habló de su novela.

Hubo preguntas, aplausos, fotografías, abrazos y firmas. En mitad de todo ese barullo, me escabullí en busca de un poco de tranquilidad para comprar unos cuantos libros. Un hombre de aspecto balcánico y mirada irónica se acercó.

—Me ha gustado mucho cómo has leído.

—Gracias.

Sonreí agradecida. No pude evitar determe en su acento indescifrable, en el traje y tirantes, en su pelo un poco largo, echado a un lado y nariz aguileña. Parecía un saxofonista de jazz tras un concierto.

—Puede ser que tu voz me recuerde a… ¿Siri?

Su boca se torció en un gesto divertido y la mía estalló en una carcajada. ¿Siri? Tenía la respuesta perfecta.

—¿Sabes que detrás de las voces de Google Maps hay dos mujeres reales?

Él me miró con interés y sonrió aún mas. Quizá mi futuro fuese dar voz a todas las respuestas improbables y alentar a los perdidos. En ese momento el móvil vibró en mi mano. La pantalla decía lo siguiente: Patricia, ¿he solucionado tu problema? No contesté. Los expertos tienen razón. A veces es mejor ignorar a los fantasmas y permanecer en el mundo real, con muchos «Nocturnos en Hokkaido», luces de Navidad y rubios balcánicos bromistas.

¡Feliz Navidad y buenas lecturas!

Autora: Patricia Bernardo © 2025.

«Nocturno en Hokkaido» Mayte Calderón Grobet.

https://editorialtraveler.com/producto/nocturno-en-hokkaido/

Un comentario

  1. A mí es que me enamoras con tu cadencia entre líneas y silencios, las palabras que se ajustan una a una como en un puzzle, la historia que te engancha y desearías conocer a ese ghost para decirle cuatro cosas, el placer de leer una aventura dentro de otra y otra como las muñecas matrioskas. Para acabar con un buen sabor de boca, como ese buen concierto entre amigos, la última copa en lugares en los que los baños tienen sus sorpresas, y la lectura y escritura siempre se disfrutan más cuando hay a tu lado gente que te quiere. Todo esto para decirte que disfruto leyéndote. Enhorabuena.

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