Hace unas semanas llegué a Londres con una promesa: perder algo. Se lo dije a mis amigos con la convicción del hábito adquirido en cada viaje. Enumeré el conjunto de objetos personales olvidados y los lugares: un sombrero en el aeropuerto de Nápoles, un colgante con forma de concha en Positano, una boina gris en el aeropuerto de Dusseldorf, un anillo en un hotel de Estocolmo… Pero con el transcurso de los días y contra todo pronóstico, se produjo un hecho extraordinario: fueron mis amigos los que comenzaron a olvidar objetos en los vagones de metro. Primero, fue una boina, después, un gorro con forro polar. El mes de noviembre apuraba el paso y la humedad de Londres se metía hasta en las orejas. Me sentía segura. No por la ausencia de pérdidas, sino por la certeza de que ese momento llegaría de la forma más inesperada.
Así fue como comenzó nuestra curiosidad por el departamento «Lost porperty» del metro de Londres. ¿Conservaría todas las cosas olvidadas? Mis amigos decidieron descartar la idea. Era más sencillo buscar un repuesto. Cualquier excusa era buena. Nos adentramos en el mercadillo de ropa vintage de Brick Lane y hasta regateamos con la versión brit del Conde Vronsky. Nos perdimos entre las calles escondidas de Covent Garden y encontramos una sastrería escocesa en la que sucumbí ante una gorra tipo tweed para hombre, muy al estilo «The Gentlemen». «Es unisex», me explicó una amable señorita, en un deletreado inglés.

Salí de la tienda levantando la vista ligeramente bajo la visera de mi nueva gorra que no necesitaba. Ya lo dijo Sussie Glass: «La vida es como una jungla. O cazas o te cazan».

El espíritu de los señores de la mafia se había apoderado de mí. La imagen de Matthew MacConaughey a lo Mickey Pearson y su lema: «Si quieres ser el rey de la selva, no basta con actuar como un rey. Tienes que ser el rey» apareció en forma de eslogan retumbando en mi cabeza, como un himno. Así estuve alrededor de veinticuatro horas, o quizá menos.

Al salir de Liverpool Street, en el trayecto que une la línea central con la parada de Oxford Circus, mi gorra mafiosa salió volando, abatida por un golpe de viento, y fue a parar a las vías del metro con todos mis pensamientos y paralelismos sobre la escala de malos en el mundo real. Si nuestra imagen se hubiese transformado en un bucle a cámara lenta, habríamos podido vernos levantando los brazos, siguiendo con la mirada la trayectoria de la gorra hasta caer a un lado de las vías, hondas e insondables. «¿Tenéis un paraguas?», preguntó uno de mis amigos. Pero ninguno era lo suficientemente largo como para atrevernos a ser el Inspector Gadget por una tarde. Un señor, con su gorro bien calado y provisto de orejeras, se acercó y nos miró con lástima. Nos aconsejó informar al operario del metro sobre el suceso y hasta nos acompañó para explicarle que yo, una lady —siempre me gustó ese término, aunque el señor no podía imaginar que hasta hacía un rato era una peligrosa señora de la mafia—, había sufrido una terrible pérdida. Lo fue. Y aunque el joven de la puerta del metro con aire de Chris Martin, me pidió mi teléfono y yo suspiré ante la improbable idea de recibir su llamada, supe que eso no sucedería. No solo porque me iría al día siguiente, sino porque cuando el metro cerrase sus puertas, mi gorra habría sido devorada por una sucesión de trenes. Así era el metro, como una jungla. Y yo, no era ninguna lady de la mafia.
Al regresar a casa, investigué sobre el departamento de objetos perdidos del metro de Londres. Los resultados fueron sorprendentes. Las personas habían olvidado en los vagones cosas tan dispares como: un traje de novia, una peluca, unas zapatillas de deporte sin estrenar y muchos peluches. En la gran mayoría de los casos, los objetos tenían un final feliz. Eran donados a organizaciones benéficas y los peluches entregados a otros niños.

Aunque mi caso no podía calificarse técnicamente como una pérdida, sino más bien como un robo. El viento me había arrebatado mi gorra para ser devorada por el metro de Londres. Pensé entonces en la importancia de los objetos huérfanos y en lo mucho que se parecen a las disculpas y «te quiero» nunca pronunciados. Aquellos objetos bien podían convertirse en el símbolo de todos los abandonos y despedidas silenciosas, a la espera de una segunda oportunidad. ¿No es eso lo que hacemos casi todos los días? Buscamos desesperadamente volver a empezar de nuevo con diferentes personas, para ser aceptados, para no ser olvidados.
He vuelto a ver «The Gentleman» en todas sus versiones. Este mundo voraz engulle, escupe y difícilmente perdona. Así que no está nada mal aprender a caminar como una señora de la mafia, aunque sea sin gorra, porque para ganar siempre hay que perder algo.
Patricia Bernardo © 2025.
8 comentarios
Fantástico. Me encanta este post.
Me encanta que así sea, Karina. Muchísimas gracias, amiga. Valoro mucho tu opinión de escritora y lectora.
A mí es que me enamoras con tus textos, viajes y andanzas, Patricia. Las historias las vistes con magia y hace que mi mente se dispare y quiera ser una lady, una mafiosa… aquellos personajes que nacen de esa mente maravillosa que tienes. Qué gusto disfrutar con tus relatos. Gracias 🫶
Gracias, mi querida Anabel. La imaginación es el motor de nuestra creatividad. En el fondo, miramos el mundo con la misma sorpresa de un niño. Por eso escribimos, para no dejar de sorprendernos.
Querida Patricia,
Tu entrada es una delicia de lectura. La he disfrutado mucho.
Me quedo con las ganas de perder algo y que el viento que roba tanto me traiga de vuelta otro «tanto».
Me imagino la ventizca cargada del calor del desierto con el calima que pinta de rojo el cielo.
Quisiera aspirar el aroma de naranjos en flor, ese que puede volar desde Valencia hasta el estrecho de Dinamarca.
En su defecto, dejo que el viento se lleve mi paraguas porque estoy segura que en un par de días encontraré alguno olvidado en la entrada de una tienda.
Un abrazo
Querida Mayte, perder empieza a ser un vicio. Espero que ese viento nos lleve juntas a Dinamarca o donde sea. Gracias siempre.
Ay que risa leer esta entrada, me imagino tu sorpresa cuando el aire del túnel del metro te arrebató tu gorra nueva. Menos mal qué tú no te aferras a las cosas y ves el viaje como una aventura, donde ganas en experiencia. Un relato delicioso y tan divertido. Y es q siempre me encanta leerte.
Gracias, querida mía. Ya ves que todo viaje juntas proporciona risa y … Un relato.